La dicotomía que provocan los prejuicios nos hacen advertir en ocasiones lo equivocado que podemos estar. Las palabras no siempre son suficientes y necesitan casi obligatoriamente de las imágenes para configurar una realidad, y de aquí que el tamaño de nuestra mirada esté a merced de nuestras experiencias de vida y nuestras experiencias de vida sujetas a la percepción de nuestros sentidos.La ciudad de Lima era un destino desconocido para mí, así es que con gusto me sumé a la iniciativa del viaje que habían tenido mi hermano y mi cuñado, sobre todo porque era el momento perfecto para reencontrarme con Martín y Karina, que estaban a punto de ser padres por primera vez y con quienes,  después de ocho años de no vernos, teníamos mucho de qué conversar. Ellos fueron los mejores anfitriones la primera noche que nos reunimos en el Tanta sobre el acantilado.El sector de Miraflores fue el perfecto para la estadía, un lugar de calles y veredas limpias, sin perros callejeros, con ciclovías que eran utilizadas  como tales,  con una arquitectura vanguardista que respetaba los espacios públicos y privados;  desde aquí hasta Barranco, un espacio multicultural que ofrecía algo de magia, más allá de  su  oferta gastronómica y turística.Sin embargo, lo que más nos llamó la atención fue la amabilidad y hospitalidad de su gente, sin excepciones, y que a todos nos hizo sentirnos muy cómodos. En el restorán Las Brujas de Cachiche (imperdible), además de encontrar platos de primer nivel, nos sorprendimos  con una atención que pocas veces la vemos en nuestro país.La Basílica de La Merced y todo el casco histórico  nos remontaban a la historia republicana del Perú y a la expedición libertadora comandada por José de San Martín en el 1800, y que era reconocida con una plaza impecable que llevaba su nombre. Contraste perfecto con Larcomar, en donde lo moderno ponía ante nuestros ojos otra ciudad, más desenfadada y ligera.El viaje de regreso con algunos contratiempos, pero con una conversación  entretenida con Rodrigo Duque, ya que entre líneas se podía leer en él un sentido social bien orientado y poco frecuente en el mundo en el  que vivimos… ahí quedamos con un almuerzo pendiente.Con el viaje se derrumbaron mis prejuicios, comprobé que el pisco sour chileno no es mejor que el peruano, que el lomo salteado es un plato que sí  hay que probar, que la limpieza de una ciudad pasa por la cultura de su gente  y que ser amable no es sinónimo de inferioridad, si no que todo lo contrario.Así pude resolver mi problema conceptual. 

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