Octavio Paz, el gran escritor nada populista que falleció en su patria, México, en 1998, fue admirable, al margen de la fama.
 “Poeta y pensador”, como acertadamente lo definió el ex Presidente Ernesto Zedillo, Octavio Paz fortaleció la idea del ensayo como género literario. 
En la mayoría de los países donde todavía sobrevive gente que lee, la notoriedad de Paz se relaciona, más que con su trabajo poético, con la forma culta, estilizada, casi elegante con que abordó en sus textos en prosa el comentario de los grandes problemas de su país y, obviamente, los del mundo contemporáneo.
Cuando escribimos que su forma era “culta” o “elegante” no queremos decir rebuscada o siútica, sino original y aseada al mismo tiempo. 
Como los mejores humanistas de todos los tiempos, Octavio Paz experimentó la tentación del conocimiento de las cosas. 
Así, una aventura de búsqueda iniciada a los 17 años vino a culminar a los 84, interrumpida por la muerte. 
Magníficos y sabios libros componen el testimonio de este viaje. 
En tales libros, el hombre ávido de ciencias humanas encontrará preguntas esenciales y respuestas esenciales; pero, por sobre todo, encontrará la fascinación de un espíritu de vanguardia trasminado por el hallazgo del vasto universo.
Se pensaba que después de Ortega y Gasset, que enfervorizó a los idealistas de su tiempo con la novedad de sus descubrimientos acerca de la naturaleza histórica del hombre, ya no sobrevendría nada comparable en el terreno de la creación literaria. 
Pues bien, con mucho tiempo y experiencia sobre el tema, a estas alturas de la contienda no se considerará peregrino afirmar que Octavio Paz, algo aligerado del esmalte del lenguaje que fastidiaba a Borges, aligerado, pero no menos robusto y certero, ha sido el sucesor del maestro de “España Invertebrada”.

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