En “El proceso”, de Kafka, el protagonista es detenido y juzgado por crímenes que no son especificados con claridad. Tampoco sabe quiénes son, realmente, sus acusadores. Por un lado, él se siente inocente. Pero como todo el mundo, también se siente culpable: todos nos intuimos culpables de algo y por eso nos cuadramos ante alguien que nos podría juzgar: un jefe, un carabinero, un sacerdote. Da lo mismo que estemos manejando con cuidado: si vemos un carabinero en la ruta, tendemos a frenar. Da lo mismo que estemos recién confesados: si se nos cruza un sacerdote nuestros músculos faciales buscan la mejor cara de niño bueno que nos es dable construir.
No es sólo que nos creamos culpables: somos escépticos y tememos que el fallo de la autoridad sea injusto.
La experiencia kafkiana de ser juzgado sin saber ni por qué ni por quién es bastante común. A cada rato hay gente que nos juzga, sin que uno pueda defenderse. ¿La prueba no está en el hecho de que nosotros, también, juzgamos a la gente detrás de sus espaldas?  Ocurre cada vez que emitimos juicios livianos sobre los demás. ¿Qué soberbia nos hace creer en ese momento que somos nosotros también víctimas de juicios livianos?
Hay ocasiones en que el juicio ajeno es intolerable. A veces por sus consecuencias prácticas. Sobre todo cuando el juicio atañe a las entrañas de nuestro ser y hace que nos sintamos profundamente rechazados, anulados. A veces el juicio adverso del jefe en el trabajo duele menos por sus consecuencias económicas que porque implica desprecio por un tremendo esfuerzo que hemos hecho. Y no hay rechazo más terrible que el de un ser querido. En el amor nos jugamos enteros. Ponemos en la mesa todo. Que entonces nos repudien es atroz. Inútil que en ese momento los amigos nos digan que hay otras mujeres, que la opinión de una no es necesariamente compartida por las demás, que algo tan subjetivo como una opinión difícilmente implica el anulamiento de nuestro ser.

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