La elección de este 19 de noviembre tiene un aspecto algo apagado, que contrasta con la importancia del acontecimiento. Quizá una de las muestras más elocuentes de la planicie en que se desenvuelve el proceso -sin perjuicio de los debates y las campañas- es el hecho que se estima una abstención mayoritaria de la población, lo que no deja de llamar la atención, considerando el esfuerzo de los candidatos e incluso los llamados gubernamentales, ciertamente tardíos e interesados.Parte del problema tiene que ver, precisamente, con la normalidad del régimen democrático, que lleva a los chilenos a formular frases del siguiente tenor: “Gane quien gane tengo que trabajar igual”. Por otra parte, es evidente que si bien un gobierno puede hacer un bien o un mal a la sociedad, gran parte de lo que las personas logran en sus vidas, según lo que ellas mismas declaran en diferentes estudios, depende de su propio esfuerzo y el de sus familias, más que del Estado o de los políticos. Finalmente, resulta bastante claro que los candidatos que pretenden refundar el régimen político y económico, que son más revolucionarios en sus objetivos y planteamientos, marcan menos del 1% en las encuestas, de manera que no generan un “miedo” o polarización que lleve a la población a votar en masa en el próximo proceso.Sin embargo, y esta es la otra cara del asunto, la normalidad democrática -para ser viable y legítima- requiere una participación activa y un compromiso decidido de los ciudadanos. No es posible mantener un sistema en el cual, de manera permanente, por apatía o por la razón que sea, la población se reste a participar en las elecciones. Aunque la democracia no se agota en el voto, es evidente que las elecciones son un elemento crucial de las democracias, como se puede apreciar especialmente en aquellos regímenes que se caracterizan, precisamente, por eliminar las elecciones y acabar con las libertades políticas.La normalidad democrática no es particularmente apasionante y por lo mismo, un país como Chile necesita reflexionar sobre el desarrollo de su régimen político y sus posibilidades futuras. Esto exige profundizar la cultura cívica de la población y mejorar sustancialmente la calidad de la política, desafíos apasionantes para los próximos años. 

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