He regresado a Arequipa, la ciudad joya del sur peruano. Siento que nuevamente le estoy poniendo el gorro a La Serena, es mi quinta vez aquí. Pero vengo por más de ella, bastión señorial y volcánico, que está flanqueada por colosos extintos y activos. El Misti es el más llamativo y protagonista de la mayoría de las postales vendidas a los turistas. Lo dije hace un año en esta misma columna: los autos enfilan calle abajo como lava sin respetar peatón, el claxon sirve de semáforo, las policías guían el torrente vestidas impecable, con gorro claro de ala corta y bastón en mano. De nada les sirve, poco logran cambiar, no pueden evitar quemarse. 
Hoy la noté más invadida de publicidad extranjera. La cola roja se ha tomado cada almacén y botillería,  las energéticas también, Inca Kola es una segundona. Es en la periferia, porque en el casco histórico la ciudad vuelve a resplandecer con colores propios. Aquí la brillante y blanca piedra sillar canteada amalgama las vidas de sus hijos volcánicos. Aquí es donde es imposible no enamorarse de Arequipa. 
Su catedral perfectamente iluminada rodeada de altos arcos porosos, la limpieza de su Plaza de Armas, las conversaciones en acento encantador a altas horas, el convento de Santa Catalina, una ciudad dentro de otra, colorida, mística, misteriosa (fabricando el que es tal vez el mejor pisco sour de los alrededores, cual mano de monja). 
En las aceras, los turistas abejean de restorán en restorán dejándose seducir. Mueren de sabor después de pagar con sus billeteras que todo lo aguijonean. Los chefs se desviven como soldados en una fiera disputa con Lima por la supremacía del mejor plato. A estos últimos los veo mientras camino, al pasar ventana tras ventana, verdaderos cuadros realistas, bien iluminados, paletas turísticas dinámicas rebosante de placer y gusto.
Todo esto ocurre a 2.300 m.s.n.m. El aire es algo más delgado. Al empinar mis ojos, a lo alto, Mama Quilla se encamina a su plenitud y observa en picada hacia la ciudad blanca. Me devuelve la mirada. Hago un alto para escuchar a unos chilenos que organizan un Full Moon Rafting por el local río Chili mientras recuerdo ese aforismo popular: “Cuando la luna se separó de la tierra, olvidó llevarse a Arequipa”.

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