En estas últimas semanas se ha recordado, con celebraciones o críticas, los 50 años de la Reforma Agraria en Chile. Sus partidarios destacan la redefinición de las relaciones en el campo, incluso que los campesinos habrían pasado a ser ciudadanos de primera categoría. Los críticos precisan que el proceso generó odiosidades en el campo y en la sociedad, además de tener un carácter expropiatorio que lesionaba derechos. Ambas posiciones deberían servirnos para intentar una auténtica comprensión histórica de esa reforma, inscrita en el proceso de cambios y crisis de la democracia chilena en la década de 1960.Como suele ocurrir en los temas controversiales de la historia del último medio siglo, las reivindicaciones tienen un valor político, pero carecen de la profundidad que exige el análisis más riguroso del pasado. La historia, precisamente, procura hacer inteligible ese pasado, cuya complejidad es mucho más profunda de lo que sugieren las felicitaciones autoproclamadas o las condenas públicas, cualquiera sea la explicación.La década de 1960 estuvo marcada por la lógica revolucionaria. El impacto de la Revolución Cubana fue inmenso, y Chile no estuvo ajeno al surgimiento de proyectos ideológicos y los cambios estructurales. La elección de 1964 se presentó como una lucha entre dos candidaturas en esa línea: la Revolución en Libertad promovida por Eduardo Frei y la democracia cristiana, y la revolución socialista que lideraba Salvador Allende con el Frente de Acción Popular (FRAP).Los años siguientes tuvieron la misma lógica, con una polarización creciente y críticas recíprocas, que apuntaban al corazón de los proyectos. Desde la izquierda se criticaba a Frei de reformismo, de haber mantenido la libertad formal de la democracia chilena, pero sin haber hecho la revolución; desde la democracia cristiana rechazaban el proyecto socialista, que haría la revolución, pero a costa de acabar con las libertades democráticas. Debajo de esas discusiones había un país con una miseria extendida, problemas sin resolución y gobiernos de minoría parlamentaria.Quizá el mayor bien que pueda hacer la propaganda oficial sobre la Reforma Agraria y otros procesos por el estilo sea animar a la sociedad chilena a volver sobre la historia, pero no para reclamar éxitos o proferir querellas, sino sobre la historia que aspira a conocer y comprender nuestro pasado como país. 

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