Estoy escribiendo esta columna desde un lugar muy lejano al sur del país, lo que significa que al momento en que esta sea publicada, estaré a algunos miles de kilómetros de distancia.Efectivamente, tal como lo estarán pensando algunos… me arranqué de La Serena.Esta ciudad, como todas, tiene muchas virtudes y algunos defectos,  entre  las primeras podemos enumerar  su tranquilidad,  la facilidad para llegar a todas partes en poco tiempo, su clima moderado, además de la belleza de sus paisajes y sus playas; pero justamente todo aquello, además del hecho de ser mucho más barata que otros conocidos balnearios de Chile, hace que una gran masa de turistas  la invada en los meses de enero y febrero.Y ahí es donde se pierden todas las virtudes.En enero una gran masa de argentinos literalmente reproduce el cruce de Los Andes, y copan la ciudad de una forma que no podemos dejar de darnos cuenta, no sólo por las patentes de los vehículos, sino porque también ellos se preocupan de hacerse notar con su particular y desfachatada forma de actuar y de hablar, y para que hablar de conducir.En febrero le toca el turno a los chilenos, bastante más tímidos y asolapados que los anteriores, pero igualmente invasivos, quienes  transforman La Serena en otra Comuna de Santiago, con tacos por todos lados, calles atochadas y  supermercados vacíos.Las empresas que viven del turismo  estarán felices, pero los demás que no tenemos nada que ver con ello, que vivimos acá todo el año, y que somos la mayoría, no nos queda más que soportar estoicamente estos dos largos meses.Y la otra alternativa es huir… lo más lejos posible…Por eso hoy, rodeado de verdes bosques sureños y con muy poca gente a mi alrededor, les envío a la mayor distancia posible, mis mejores deseos de serenidad,  paciencia y tolerancia…Nos vemos en marzo…

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