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El Día
Nos sumergimos en el mundo del microtráfico de la sustancia que causa estragos en el centro de La Serena y las poblaciones. Pudimos conocer el flagelo de las drogas, las historias de consumidores y lo complejo que es conseguir internarse para dejar la dependencia, en una región que sólo tiene un establecimiento residencial para hombres con 20 plazas, por lo que un usuario puede esperar hasta seis meses para obtener un cupo. Tiempo en que la gran mayoría desiste de la decisión de recuperarse y vuelve al círculo vicioso.

Un 66,3% de los adultos que requieren tratamiento por consumo de drogas, tienen como sustancia de elección la pasta base de cocaína. La cifra que develó la directora regional de Senda, Fernanda Alvarado, ratificó lo que venimos viendo hace al menos tres años en distintos sectores de la Región de Coquimbo, en las poblaciones y también en sectores céntricos de la conurbación.

En julio de 2017, hace casi dos años, un equipo de diario El Día se adentró en el submundo de la noche en La Serena, particularmente en el sector céntrico, el tan cuestionado barrio bohemio de la capital regional. La realidad con la que nos encontramos fue impactante.  Gente vendiendo y consumiendo la droga a destajo, y a vista y paciencia de los demás transeúntes.

Sujetos buscando clientes en las afueras de los pubs y ofreciéndole la droga a cualquiera. Muchos de ellos camuflados con chalecos reflectantes, simulando ser meros cuidadores de automóviles. También conocimos historias de jóvenes que querían salir del círculo vicioso, pero simplemente se encontraban atrapados, por distintas circunstancias de la vida.

Las mismas calles, las mismas caras

Nos sumergimos nuevamente en esta realidad que no parece cambiar. Recorrimos las mismas calles (algunas más) y en ciertos casos vimos las mismas caras que hace dos años.

Esta vez hicimos la ruta un día sábado. Partimos a las 22:00 horas, pero la fiesta había comenzado desde hace mucho antes. No teníamos que esperar a que anocheciera para volver a ver de frente al microtráfico en el centro de la ciudad de las iglesias.

La “isla sigue siendo la isla”, nos comenta un joven con quien entablamos conversación frente al pub La Biblioteca, y quien conoce de cerca la realidad de las drogas. Lo llamaremos “Pedro”. Actualmente es consumidor, pero “sólo ocasional”, asegura. “Hace algunos años (hoy tiene 34) sí estuve pa’ la cagá. Viví en la calle, pero ahora trabajo y tengo mis recaídas sólo de vez en cuando”, cuenta. E insiste en que el bandejón ubicado entre O’Higgins y Cienfuegos conocido como “la isla”, continúa siendo uno de los lugares predilectos para la venta de drogas.

Pese a que hace algún tiempo se instaló una caseta de seguridad municipal, que estaría operativa durante todo el día en coordinación con Carabineros, esto no se ha cumplido y su funcionamiento ha sido más bien esporádico, lo que ha permitido a los traficantes seguir operando.

Fuimos testigos de algunas transacciones. Mientras conversábamos con “Pedro”, dos individuos de unos 20 años se acercaron a otro que estaba parado en el bandejón. No hubo cruce de palabras, sólo intercambio de dinero por pasta base. “Corta, así hay que hacerla”, consigna “Pedro”.

Nuevos puntos de encuentro  

 Un par de vueltas por el casco histórico bastaron para encontrar a tres microtraficantes que nos vieron como a posible clientes.

En Eduardo de La Barra con Los Carrera, un conocido de “Pedro” se nos acercó. “Tengo turri”, dijo, al tiempo que abrió un gorro chilote y exhibió un centenar de “monos” o papelillos de pasta base para ser comercializados. “A luca te los dejo, cumpita”, ofertó. “Pa’ la otra”, respondió “Pedro” y nos retiramos, mientras el vendedor recalca que estará allí, durante toda la noche, y que volvamos cuando queramos.

Lo mismo sucede en calle O’Higgins, frente al local Matusalem y, en Calle Balmaceda, llegando a Ripley. Allí también fuimos abordados, primero por una señora de avanzada edad bastante conocida en el sector por ser vendedora de drogas, y luego por “la rubia”, una joven que también se dedica al microtráfico.

Pero aquellos son puntos que ya habíamos recorrido hace dos años. Ahora también decidimos ir a las plazas. Esto, porque hace algunos días se conoció la historia de una pareja que vive en situación de calle en la Plaza Santo Domingo en La Serena, que estaba provocando serios inconvenientes para los vecinos del sector, debido a su consumo problemático de sustancias y los desórdenes que generaban en la vía pública. Más allá del tema policial, este hecho dejó al descubierto una realidad social para la que pareciera no haber solución, precisamente el consumo de una de las drogas más adictivas, masivas y destructivas que existen en el país: la pasta base.

La Plaza Buenos Aires y la Gabriela Mistral, cerca de la Ruta 5 Norte, son otras dos en las que encontramos consumo y venta. En la primera, la pasta base converge con la marihuana y el alcohol, y el ambiente pareciera ser menos sombrío que en la segunda, donde conocimos a personas cuyas vidas se encuentran totalmente destruidas por esta sustancia.

Fueron minutos de tensión. Cuando nos sentamos en el pasto junto a “Pedro” ya pasada la medianoche, tres sujetos, dos hombres y una mujer se acercaron a nosotros para preguntar qué andábamos buscando. “Al nacho”, replicó “Pedro”, para salir del paso. De inmediato, los individuos se dieron cuenta que nuestro amigo “era del ambiente”. De todas formas, la desconfianza hacia nosotros siempre estuvo y tuvo su punto máximo luego de unos 15 minutos, en los que se acercó un joven preguntando de manera agresiva si íbamos a comprar algo o andábamos “sapeando”. El sujeto estaba armado y preferimos retirarnos del lugar.

Los rucos tras la línea del tren

Pero no nos fuimos a nuestras casas. Todavía quedaba por descubrir tal vez la realidad más dura, la que viven Gema y Daniel, dos consumidores que tienen su ruco tras la línea del tren, escondido en los matorrales entre la vía y el mall Puerta del Mar. Cuando llegamos, ella hacía una fogata y él tomaba una petaca de manzanilla sentado sobre una piedra a la entrada de la pequeña carpa. Saca un papelillo y una antena para preparar una dosis que compartirá con Gema. Ambos se acercan y comparten la piedra y la pasta base mientras nos relatan su historia.

Él hoy es plumillero, pero no siempre fue así. Alguna vez, dice, tuvo un buen trabajo en Calama donde se desempeñó en el rubro minero, sin embargo, las malas amistades y los problemas “me hicieron caer a este foso”, asegura, ya poseído por la sustancia que domina su cerebro y sus sentidos.

Con gema se conocieron en La Serena. Ella ya estaba en situación de calle cuando él llegó solo buscando dónde vivir. Compartieron cenizas y decidieron seguir caminando juntos. Ahora, no están muy seguros de lo que quieren. “A veces me dan ganas de volver a ver a mi familia, pero otras no, porque esta es la vida que yo me he hecho”, dice Gema, mientras entra en el mismo éxtasis, el que acompaña con un trago de manzanilla. Cierra sus ojos e intenta olvidar algo, quién sabe qué.

Policías atados de manos

El problema va más allá de lo policial y de la seguridad. Tanto Carabineros como la PDI, realizan el trabajo para desbaratar bandas organizadas, pero hasta ahora no han logrado terminar con el problema.

El Subcomisario de la PDI Juan Cáceres, Encargado del Equipo MT-0 (Microtráfico 0) en la Región de Coquimbo, destaca que este 2019 han comenzado de buena manera en términos de desbaratar puntos de venta en pequeñas cantidades. “Estamos trabajando en una base de 115 puntos investigativos, de los cuales durante los meses de enero y febrero se cerraron 16 y solo en el operativo realizado durante este fin de semana se cerraron otros 8”, especificó, como un buen augurio.

Sin embargo, el lograr la detención de estos individuos tampoco sería la solución ya que la mayoría de las veces, vuelven a delinquir. Se conocen la ley y saben que si no se logra acreditar el delito de tráfico, tienen muy pocas posibilidades de cumplir una condena efectiva. Así lo explica la abogada Magíster en derecho Penal, Pía Bustos, quien asegura que cuando una persona es sorprendida en flagrancia portando alguna sustancia tipificada en la Ley 20.000 su futuro dependerá de diversos factores, entre otras cosas, el criterio del juez. “Tiene que ver con la cantidad de droga, si está portando algún elemento para el tráfico, si se formaliza a la persona por el delito de tráfico, microtráfico o bien sólo se trata de una falta penal por consumo en la vía pública”, indica la profesional, quien agrega que muchas veces también sucede que el Ministerio Público formaliza por un delito, y finalmente no se logra acreditar, porque no existe una norma ni una cantidad de droga determinada que distinga entre el porte y el tráfico. Falencias del sistema que los delincuentes conocen al detalle.

Además, por más que se detenga a los individuos que venden en el centro o en poblaciones, que generalmente también son consumidores, los grandes proveedores, quienes administran la sustancia continúan en libertad.

¿Una realidad invisible?

Pero por más que las policías lograran detener a todos quienes violan la ley 20.000 de drogas y estos quedaran presos, tampoco significaría una solución, ya que las cárceles estarían colmadas y seguramente los traficantes encontrarían nuevos clientes, nuevos enfermos. ¿Qué se puede hacer entonces? El Seremi de Desarrollo Social de la Región de Coquimbo, Juan Pablo Flores, sostuvo que aquí se requiere una intervención mayor, ya que no basta con los programas que existen. “Muchos de ellos han participado de instancias de acompañamiento psicológico, y han sido derivados también para trabajar la adicción a las drogas, pero no ha existido disposición para continuar estos tratamientos, por su enfermedad”, aseveró.

Aquí llegamos a otra interrogante. Si el problema es tan grave como lo pudimos constatar, ¿por qué no se visibiliza tanto como el consumo de alcohol o marihuana? Nuestro amigo, “Pedro”, tiene una tesis. Estuvo en un centro de rehabilitación, convivió con todo tipo de consumidores y está convencido de que “somos una lacra social que en el fondo nadie quiere dar a conocer. Que está  ahí, y que mientras no moleste, ni genera mayores problemas, que siga ahí nomás”, asegura.

La directora regional de Senda, Fernanda Alvarado, admite que el trabajo de prevención, está focalizado en niños y adolescentes por el alto consumo existente en términos de alcohol y marihuana. Y es a este grupo etario al que apunta el nuevo programa del gobierno “Elige Vivir Sin Drogas”, pero sostiene que “de ninguna manera se ha dejado de lado el tratamiento para la gente que consume pasta base, porque tenemos claro que es una droga de gran impacto social, que afecta directamente a la persona y las familias”, asegura.

Una droga que mata

Tal como se mencionó al principio, la pasta base es la droga de mayor prevalencia en la población adulta que requiere tratamiento, con 66,3%. Un número que, para la directora ejecutiva de Fundación Casa De la Esperanza, Carolina Hidalgo, sería mucho mayor, llegando incluso a un 90% en los usuarios que concurren a los programas de esta entidad privada que funciona con recursos del Estado. “Nuestros pacientes, en su inmensa mayoría presentan un consumo de pasta base, o un poli consumo”, indica la trabajadora social.

Pone el acento en lo destructiva que es esta sustancia, en relación a otras drogas más conocidas como el alcohol y la marihuana, y lo peligroso que hoy sea tan asequible en términos de dónde encontrarla y su precio. “Debe ser la droga más adictiva que tenemos en el país”, asegura.

La cobertura es deficitaria

Carolina Hidalgo sostiene que al menos en el programa residencial para hombres que ellos administran la cobertura es deficitaria, y que, de acuerdo a la demanda debiesen existir más recintos de esta naturaleza.

Según indica la directora de Senda Fernanda Alvarado, actualmente en la Región de Coquimbo funcionan 27 programas, distribuidos en modalidades, ambulatorios básicos; intensivos; programas infanto-adolescentes; programas de libertad vigilada; un residencial de adolescentes no infractores de ley; y dos residenciales de adultos, uno masculino y otro femenino, teniendo 430 plazas a nivel regional. Los periodos que deben estar los usuarios en los diferentes centros, va desde los seis meses a un año.

Tanto Alvarado como Carolina Hidalgo coinciden en que existe una falta cobertura y debiese haber más centros de tratamientos residenciales, que es donde van los casos más graves y donde siempre hay listas de espera.

El sistema funciona de la siguiente forma. Primero, la persona con alguna dependencia debe concurrir al cesfam al cual pertenezca o a un centro ambulatorio, que en La Serena son dos, el centro Athripan y el Saint Germain, allí les dirán si requiere un tratamiento básico o uno ambulatorio intensivo. En el básico, el paciente asiste dos veces a la semana a sesiones de una hora, y en el intensivo, de lunes a viernes durante cinco horas. A este último van personas cuyo nivel de dependencia es mayor.

Pero hay buena cantidad de usuarios a los que el ambulatorio intensivo no les sirve. Sólo detienen su consumo mientras asisten al programa y el resto del tiempo sigue consumiendo. Ellos deben ser derivados al único residencial para hombres que hay en la Región de Coquimbo, el San Paulino de Nola, perteneciente a la Casa de La Esperanza que tiene sólo 20 cupos y una alta demanda. “Muchas veces los usuarios deben esperar mucho a que se abra un cupo, porque la demanda es demasiado grande y la lista tiene que ir corriendo. Lo importante es que no se pierdan durante ese tiempo”, dice la directora de la fundación, Carolina Hidalgo.

La experiencia de “Jaime”

De acuerdo a la directora de Senda Fernanda Alvarado, las listas de espera no superarían a las 8 ó 10 personas, pero en tiempo eso se podría traducir en hasta seis meses. Lo cual es un riesgo, según indica Carolina Hidalgo, ya que muchas veces cuesta para que el adicto tome la decisión de internarse y que, cuando lo hace, le digan que no hay posibilidades por el momento, es como una bofetada en la cara. Algo así le sucedió a “Jaime” quien estaba en el programa ambulatorio intensivo de la Fundación Saint Germain, pero rápidamente se dio cuenta que, por su nivel de consumo, no le serviría así que decidió solicitar una derivación al recinto residencial. Pensó que lo más difícil sería tomar la decisión, pero en realidad, lo peor fue la larga espera que tuvo que enfrentar que se extendió por medio año. “En ese tiempo no me pude mantener en abstinencia, seguí en consumo. Continuaba yendo a Saint Germain pero era muy difícil cuando yo sabía que ese no era el tratamiento que yo requería”, cuenta “Jaime”, quien cuando recibió el llamado que le informaba que se había abierto un cupo, se encontraba al borde del abismo, pesaba 55 kilos y había tenido dos intentos de suicidio. “Yo tuve la fuerza y entré, pero no toda la gente tiene esa fortaleza. Una espera de seis meses te aseguro que un adicto no la hace”, relata el joven quien finalmente tuvo un final feliz, ya que egresó de la comunidad, y hoy trabaja en una empresa de frutas en Vicuña.

Pero no todos tienen esa suerte. Muchos, literalmente, mueren en el intento. Otros simplemente destruyen su vida, quedan solos y cuando les ofrecen ayuda ya es demasiado tarde. Simplemente no pueden salir de la enfermedad. Esa que poco a poco consume  a la juventud en La Serena y en sus poblaciones, que tiene a cientos esperando ayuda y que lleva a los enfermos a uno de dos destinos seguros: la cárcel o la muerte. 

Doctora Paola Haeger: “La adicción es una enfermedad grave”

La doctora Paola Haeger de la facultad de medicina de la Universidad Católica del Norte, explica, primero que nada, que hay que entender la adicción como una enfermedad que tiene que tratarse de igual manera como se trata cualquier patología. Y la adicción en particular de la pasta base resulta ser una de las más complejas de todas y es imposible dejarla sin ayuda.

Una vez que se genera dependencia, el cerebro deja de producir la dopamina necesaria para vivir, y sólo se produce de manera artificial con la sustancia, por lo se crea una  necesidad física.

El primer consumo produce una serie de sensaciones, como euforia, un placer muy alto, el que no se consigue con posterioridad teniendo que aumentar cada vez más la dosis para llegar al efecto buscado. “El adicto siempre está buscando esa primera sensación que no vuelve”, precisa la profesional, agregando que, “hay ciertas conexiones del cerebro que necesitan mantenerse activas y solo logra la droga cuando hay dependencia”.

Algo que también es físico ya que la persona adicta no puede comer, no puede dormir, no puede pensar con claridad sino está con la droga. “Además, hay que tener en cuenta que el deterioro físico que se produce con la pasta base es brutal, ya que el individuo se descuida, no se alimenta. A eso súmale que la sustancia tiene ácido sulfúrico, kerosene, acetona lo que te deteriora de forma muy grave”, aclara Haeger.

 

 

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